
Grito, cayo, me dan ganas de vomitar y sigo ahí sentado bajo el árbol de ciruelas que sembré en el patio trasero. Sigue ahí la serpiente con las ganas de volver a cambiar de piel, se desmoronan las paredes y las calles quedan desiertas, la ira, la angustia, ya no tengo techo, ya no tengo de donde sujetarme, trago el veneno, y los pies siguen avanzando hacia la torre del castillo, sigo siendo un peón del amo del pez dorado, sigo creyendo en la alquimia de tus manos, que desarma toda armadura, sigo creyendo, aunque los estragos de los demonios, sequen las lagrimas, aunque las lenguas de los demonios succionen los recuerdos, los borren y los metan a la laguna de las hadas muertas, al caldero negro, ahí donde la percepción se nubla, donde la condesa se viste rojo y blanco, se apodera del color de mi bandera, se reviste de amarillo y se publica por internet, paseándose de un lado a otro, con la certeza de tener la barriga atiborrada de ciruelas, con la certeza que las serpientes se le enrollan en los pies y se inyectan de sensualidad, la serpiente no adora, la serpiente no se inclina, la serpiente miente, la serpiente solo quiere desprender del árbol el fruto y dejarlo estéril.
La cabeza duele y el estomago se revuelve, el veneno se está apoderando de los sentidos, deja paralizada la conciencia, solo los ojos como luces del alma se quedan, ven, ven como el desfile de bufones te llevan al entierro, te llevan hacia la cuna de espinas, a donde te espera la conciencia.
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