
Y sigo con el montón de recuerdos, acumulados por los siglos, sigue la amargura de la sangre bajo mis pies, en la soledad de las sabanas que tapan mi cara, muerta de miedo, buscando en el interior de la verdadera vida la explicación para tanta amargura, y desde los rincones me sigue como fantasmas, todos los miedos, todas las frustraciones, todas las traiciones, el oscuro mundo de lo prohibido, los ojos asesinos que me acusan de no querer el cielo, y el miedo, el miedo latente que se apodera de las fuerzas, como persiguiéndome, reclamándome, queriéndome tirar de las gradas, queriendo que me arrodille, que me deje vencer ante la presencia de los fantasmas, que por meses había dejado guardados junto al yeso que me quite, que me quite con la máscara, pensé que se había acabado, pensé que ya me había vuelto nada, que yo no existía mas, que había logrado esconderme, que ya la presencia de los siguen ahí, detrás de las ventanas asechándome, se habían marchado, que ya me habían dejado en paz, con la cabeza, con mis manías que ya no había más que hacer, solo dormir en paz y eso no sucederá hasta que de verdad mi cuerpo repose bajo mil libras de tierra, y es que será acaso que ese es mi destino, nunca dije que no fuera real, y tampoco dije que fuera inmortal, que me quede bajo el sol de un mes de enero, afligiendo mi alma en el mes de marzo… sacando de mis entrañas lo más amado, haciéndome revolcarme de dolor, de ira, de impotencia, preguntándome si de verdad existía ese Dios, que me ayudara… que las pastillas ya no tienen efecto, que la lucidez que tenia se fue, la coordinación y solo me espera las noches de insomnio y el televisor a todo volumen, para que las voces se alejen, gritando a coro mi nombre, queriendo que las acompañe, ahí donde todo empezó, ahí donde están los recuerdos, donde está el cielo que se cruza con el infierno, despertando a los demonios.
No quiero, no quiero, no quiero regresar, al mundo serio, a sus juegos psicológicos, no quiero caer otra vez, no mas ya no mas… las piernas me tiemblan, mis manos están sudadas, y mi boca amarga, mis ojos se cierran y solo veo la luz, la luz que me recuerda una mesa, una sala de espera, un corazón latiendo, lloro y no digo nada, nadie sabe, nadie se entero, que mi muerte fue ahí, y no sé por qué aun creo estar en el mundo de los vivos, si los latidos desaparecieron, tratando de recordar los tuyos… y el nudo en la garganta regresa, las manos frías y tus ojos que jamás reconoceré, ni en mil años, porque se los robaron los demonios, los fantasmas, la quimera que me quiso regalar sus alas compadeciéndose de mí, pero alcance todavía las flechas y me dejaron acá sin alas para seguir huyendo.
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